Secretariado Internacional JMV

Secretariado Internacional JMV

La Asociación Internacional de Juventudes Marianas Vicencianas es la renovación de la Asociación de Hijas e Hijos de María Inmaculada que tuvo su origen en las Apariciones de la Virgen María a Santa Catalina Labouré en 1830. En la actualidad la forman 66 países y más de 100.000 miembros repartidos por los cinco continentes.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomando el camino de catequesis sobre la misa, hoy nos preguntamos: ¿Por qué ir a misa el domingo?

La celebración dominical de la eucaristía está en el centro de la vida de la Iglesia (cf. Catequismo de la Iglesia Católica, n.2177). Nosotros cristianos vamos a misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor, para dejarnos encontrar por Él, escuchar su palabra, alimentarnos en su mesa y así convertirnos en Iglesia, es decir, en su Cuerpo místico viviente en el mundo.

Lo entendieron, desde la primera hora, los discípulos de Jesús, los que celebraron el encuentro eucarístico con el Señor en el día de la semana que los hebreos llamaban «el primero de la semana» y los romanos «día del sol» porque en ese día Jesús había resucitado de entre los muertos y se había aparecido a los discípulos, hablando con ellos, comiendo con ellos y dándoles el Espíritu Santo (cf. Mateo 28, 1; Marcos 16, 9-14; Lucas 24, 1-13; Juan 20, 1-19), como hemos escuchado en la lectura bíblica. También la gran efusión del Espíritu Santo en Pentecostés sucede en domingo, el quincuagésimo día después de la resurrección de Jesús. Por estas razones, el domingo es un día santo para nosotros, santificado por la celebración eucarística, presencia viva del Señor entre nosotros y para nosotros. ¡Es la misa, por lo tanto, lo que hace el domingo cristiano! El domingo cristiano gira en torno a la misa. ¿Qué domingo es, para un cristiano, en el que falta el encuentro con el Señor?

Hay comunidades cristianas en las que, desafortunadamente, no pueden disfrutar de la misa cada domingo; sin embargo, también estas, en este día santo, están llamadas a recogerse en oración en el nombre del Señor, escuchando la palabra de Dios y manteniendo vivo el deseo de la eucaristía.

Algunas sociedades seculares han perdido el sentido cristiano del domingo iluminado por la eucaristía. ¡Es una lástima esto! En estos contextos es necesario reanimar esta conciencia, para recuperar el significado de la fiesta, el significado de la alegría, de la comunidad parroquial, de la solidaridad, del reposo que restaura el alma y el cuerpo (cf. Catequismo de la Iglesia católica nn. 2177-2188). De todos estos valores la eucaristía es la maestra, domingo tras domingo. Por eso, el Concilio Vaticano II quiso reafirmar que «el domingo es el día de fiesta primordial que debe ser propuesto e inculcado en la piedad de los fieles, de modo que se convierta también en día de alegría y abstención del trabajo» (Cost. Sacrosanctum Concilium, 106)

La abstención dominical del trabajo no existía en los primeros siglos: es una aportación específica del cristianismo. Por tradición bíblica los judíos reposan el sábado, mientras que en la sociedad romana no estaba previsto un día semanal de abstención de los trabajos serviles. Fue el sentido cristiano de vivir como hijos y no como esclavos, animado por la eucaristía, el que hizo del domingo —casi universalmente— el día de reposo.

Sin Cristo estamos condenados a estar dominados por el cansancio de lo cotidiano, con sus preocupaciones y por el miedo al mañana. El encuentro dominical con el Señor nos da la fuerza para vivir el hoy con confianza y coraje y para ir adelante con esperanza. Por eso, nosotros cristianos vamos a encontrar al Señor el domingo en la celebración eucarística.

La comunión eucarística con Jesús, Resucitado y Vivo para siempre, anticipa el domingo sin atardecer, cuando ya no haya fatiga ni dolor, ni luto, ni lágrimas sino solo la alegría de vivir plenamente y para siempre con el Señor. También de este bendito reposo nos habla la misa del domingo, enseñándonos, en el fluir de la semana, a confiarnos a las manos del Padre que está en los cielos.
¿Qué podemos responder a quien dice que no hay que ir a misa, ni siquiera el domingo, porque lo importante es vivir bien y amar al prójimo? Es cierto que la calidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» (Juan 13, 35); ¿Pero cómo podemos practicar el Evangelio sin sacar la energía necesaria para hacerlo, un domingo después de otro, en la fuente inagotable de la eucaristía? No vamos a misa para dar algo a Dios, sino para recibir de Él aquello de lo que realmente tenemos necesidad. Lo recuerda la oración de la Iglesia, que así se dirige a Dios: «Tú no tienes necesidad de nuestra alabanza, pero por un regalo de tu amor llámanos para darte las gracias; nuestros himnos de bendición no aumentan tu grandeza, pero nos dan la gracia que nos salva» (Misal Romano, Prefacio común IV).

En conclusión, ¿por qué ir a misa el domingo? No es suficiente responder que es un precepto de la Iglesia; esto ayuda a preservar su valor, pero solo no es suficiente. Nosotros cristianos tenemos necesidad de participar en la misa dominical porque solo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica su mandamiento y así ser sus testigos creíbles.

El Consejo Internacional de Juventud Mariana Vicentina (JMV) realizará entre los días 19 y 22 de febrero, su reunión anual ordinaria, en Madrid. Están convocados por el Presidente Internacional, Yancarlos Carrasco, los siguientes miembros:

Los consejeros:

Andrew Wagdy

Bienvenue Fouda

Rafael Cruz

Ricardo Ferreira

 

Los directores:

P. Irving Amaro, CM (Subdirector General)

Sor Bernardita García Ortín, HC (Delegada Internacional)

P. Tomaz Mavric, CM (Director General de JMV y Superior General de la Familia Vicentina

 

Los cuatro voluntarios del Secretariado Internacional (André Peixoto, Linette Morales, Marie Claire Balo y Yvette Ramanjakatiana) también estarán presentes.

El Consejo reflexionará sobre los próximos pasos de la Asociación y el Presidente Internacional, después de la reunión, escribirá una carta que será enviada a los países y publicada en nuestras redes sociales.

El nuevo grupo de la Juventud Mariana Vicentina de las Islas Fiji (en el continente de Oceanía) realizó su primera Asamblea General el pasado 28 de enero. Participaron 39 miembros, liderados por el Capellán de la Parroquia, Pe. Jeffrey Richard Werner, que acompaña a los jóvenes como asesor. Realizaron la elección de los líderes del grupo para los próximos tres años.

Los recién elegidos en el nuevo grupo de JMV Fiji son:

Presidente - Regilyn Koi
Vice-presidente - Nemia Drauna Junior
Secretario - Mariana Waqanibau
Asistente - Taylor Reapi Korobiau
Tesorero - Beniamino Naiveli
Asistente - Ratuyalewah Kayh
Evangelización - Leo Tawake
Asistente - Kelepi Maseikula
Liturgia - Joe Bola Kalouivalu
Asistente - Suluo Draunimasi
Social - Netani Marley Senivesi
Asistente - Ratu Peni Tawake

Los jóvenes empezaron a trabajar con algunas iniciativas como grupo de JMV, celebrando la Eucaristía los primeros viernes de cada mes, ayudando en la parroquia, visitando enfermos, ayudando en la escuela, haciendo trabajos caritativos y compartiendo la Biblia. También participaron en la celebración de los 400 años del Carisma Vicentino en el país.

Nos unimos en oración por este nuevo grupo, para que sigan desarrollando el trabajo guiado por el Espíritu Santo, inspirados por la vida de la Virgen María.

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Una vez más los jóvenes vicentinos del mundo se encontrarán para celebrar su ya acostumbrada jornada vicentina. El lema escogido para este 2019 es “La alegría de ser vicentino”, que nos recuerda las palabras del propio Vicente al decir ¡Qué felicidad la de aquellos que se entregan a él sin reserva para realizar las obras que Jesucristo realizó…”

El logo del encuentro ha sido diseñado por un miembro de nuestra comisión, Argelys Vega de la SSVP y ex consejera internacional de la JMV. El logo cuenta con varios elementos, donde se destaca primero la cruz vicentina, que colocada en el centro nos recuerda que Jesucristo es el centro de nuestra vida y también nuestro llamado misionero, el corazón rojo al fondo es el corazón maternal de María siempre dispuesta a acompañarnos en ese camino de peregrinación, camino que está representado por la línea verde, la línea azul simboliza el mundo en el que estamos llamados a servir.

Las llamas simbolizan la caridad, y las guirnaldas a los pies de la cruz la alegría que nos debe caracterizar en este servicio y también la riqueza de nuestro carisma.

Pronto estaremos publicando más información por medio del Secretariado Internacional de JMV que será una de nuestras vías oficiales de comunicación.

Nuestro país es pequeño, pero nuestra alegría es inmensa al recibirlos en nuestra casa, vicentinos del mundo, desde ya sean bienvenidos.

Comisión de comunicaciones
Encuentro Juvenil Vicentino Panamá 2019

Miércoles, 07 Febrero 2018 16:34

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuando con las Catequesis sobre la misa, podemos preguntarnos: ¿Qué es esencialmente la misa? La misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Nos convierte en partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte y da significado pleno a nuestra vida.

Por esto, para comprender el valor de la misa debemos ante todo entender entonces el significado bíblico del «memorial». «En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la Pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos». Catecismo de la Iglesia Católica (1363). Jesucristo, con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo llevó a término la Pascua. Y la misa es el memorial de su Pascua, de su «éxodo», que cumplió por nosotros, para hacernos salir de la esclavitud e introducirnos en la tierra prometida de la vida eterna. No es solamente un recuerdo, no, es más: es hacer presente aquello que ha sucedido hace veinte siglos.

La eucaristía nos lleva siempre al vértice de las acciones de salvación de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, vierte sobre vosotros toda la misericordia y su amor, como hizo en la cruz, para renovar nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Dice el Concilio Vaticano II: «La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual «Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado» (Cost. Dogm. Lumen gentium, 3).

Cada celebración de la eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la misa, en particular el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor. A través de la celebración eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la eternidad, el Señor Jesús nos arrastra también a nosotros con Él para hacer la Pascua. En la misa se hace Pascua. Nosotros, en la misa, estamos con Jesús, muerto y resucitado y Él nos lleva adelante, a la vida eterna. En la misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él: «Yo estoy crucificado con Cristo —dice san Pablo— y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gálatas 2, 19-20). Así pensaba Pablo.

Su sangre, de hecho, nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado, que nos toma cada vez que caemos víctimas del pecado nuestro o de los demás. Y entonces nuestra vida se contamina, pierde belleza, pierde significado, se marchita.

Cristo, en cambio, nos devuelve la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando afrontó la muerte la derrota para siempre: «Resucitando destruyó la muerte y nos dio vida nueva». (Oración eucarística iv). La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte, porque Él trasformó su muerte en un supremo acto de amor. ¡Murió por amor! Y en la eucaristía, Él quiere comunicarnos su amor pascual, victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al prójimo, podemos amar como Él nos ha amado, dando la vida.

Si el amor de Cristo está en mí, puedo darme plenamente al otro, en la certeza interior de que si incluso el otro me hiriera, yo no moriría; de otro modo, debería defenderme. Los mártires dieron la vida precisamente por esta certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Solo si experimentamos este poder de Cristo, el poder de su amor, somos verdaderamente libres de darnos sin miedo. Esto es la misa: entrar en esta pasión, muerte, resurrección y ascensión de Jesús; cuando vamos a misa es si como fuéramos al calvario, lo mismo. Pero pensad vosotros: si nosotros en el momento de la misa vamos al calvario —pensemos con imaginación— y sabemos que aquel hombre allí es Jesús. Pero, ¿nos permitiremos charlar, hacer fotografías, hacer espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! Nosotros seguramente estaremos en silencio, en el llanto y también en la alegría de ser salvados. Cuando entramos en la iglesia para celebrar la misa pensemos esto: entro en el calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así desaparece el espectáculo, desaparecen las charlas, los comentarios y estas cosas que nos alejan de esto tan hermoso que es la misa, el triunfo de Jesús.

Creo que hoy está más claro cómo la Pascua se hace presente y operante cada vez que celebramos la misa, es decir, el sentido del memorial. La participación en la eucaristía nos hace entrar en el misterio pascual de Cristo, regalándonos pasar con Él de la muerte a la vida, es decir, allí en el calvario. La misa es rehacer el calvario, no es un espectáculo.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos con las catequesis sobre la santa misa. Para comprender la belleza de la celebración eucarística deseo empezar con un aspecto muy sencillo: la misa es oración, es más, es la oración por excelencia, la más alta, la más sublime, y el mismo tiempo la más «concreta». De hecho es el encuentro de amor con Dios mediante su Palabra y el Cuerpo y Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor.

Pero primero debemos responder a una pregunta. ¿Qué es realmente la oración? Esta es sobre todo diálogo, relación personal con Dios. Y el hombre ha sido creado como ser en relación personal con Dios que encuentra su plena realización solamente en el encuentro con su creador. El camino de la vida es hacia el encuentro definitivo con Dios. El libro del Génesis afirma que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, el cual es Padre e Hijo y Espíritu Santo, una relación perfecta de amor que es unidad. De esto podemos comprender que todos nosotros hemos sido creados para entrar en una relación perfecta de amor, en un continuo donarnos y recibirnos para poder encontrar así la plenitud de nuestro ser.

Cuando Moisés, frente a la zarza ardiente, recibe la llamada de Dios, le pregunta cuál es su nombre. ¿Y qué responde Dios? «Yo soy el que soy» (Éxodo 3, 14). Esta expresión, en su sentido original, expresa presencia y favor, y de hecho a continuación Dios añade: «Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» (v. 15). Así también Cristo, cuando llama a sus discípulos, les llama para que estén con Él. Esta por tanto es la gracia más grande: poder experimentar que la misa, la eucaristía, es el momento privilegiado de estar con Jesús, y, a través de Él, con Dios y con los hermanos.

Rezar, como todo verdadero diálogo, es también saber permanecer en silencio —en los diálogos hay momentos de silencio—, en silencio junto a Jesús. Y cuando nosotros vamos a misa, quizá llegamos cinco minutos antes y empezamos a hablar con este que está a nuestro lado. Pero no es el momento de hablar: es el momento del silencio para prepararnos al diálogo. Es el momento de recogerse en el corazón para prepararse al encuentro con Jesús. ¡El silencio es muy importante! Recordad lo que dije la semana pasada: no vamos a un espectáculo, vamos al encuentro con el Señor y el silencio nos prepara y nos acompaña. Permaneced en silencio junto a Jesús. Y del misterioso silencio de Dios brota su Palabra que resuena en nuestro corazón. Jesús mismo nos enseña cómo es realmente posible «estar» con el Padre y nos lo demuestra con su oración. Los Evangelios nos muestran a Jesús que se retira en lugares apartados a rezar; los discípulos, viendo esta íntima relación con el Padre, sienten el deseo de poder participar, y le preguntan: «Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11, 1). Hemos escuchado en la primera lectura, al principio de la audiencia. Jesús responde que la primera cosa necesaria para rezar es saber decir «Padre». Estemos atentos: si yo no soy capaz de decir «Padre» a Dios, no soy capaz de rezar. Tenemos que aprender a decir «Padre», es decir ponerse en la presencia con confianza filial. Pero para poder aprender, es necesario reconocer humildemente que necesitamos ser instruidos, y decir con sencillez: Señor, enséñame a rezar.
Este es el primer punto: ser humildes, reconocerse hijos, descansar en el Padre, fiarse de Él. Para entrar en el Reino de los cielos es necesario hacerse pequeños como niños. En el sentido de que los niños saben fiarse, saben que alguien se preocupará por ellos, de lo que comerán, de lo que se pondrán, etc. (cf. Mateo 6, 25-32). Esta es la primera actitud: confianza y confidencia, como el niño hacia los padres; saber que Dios se acuerda de ti, cuida de ti, de ti, de mí, de todos.

La segunda predisposición, también propia de los niños, es dejarse sorprender. El niño hace siempre miles de preguntas porque desea descubrir el mundo; y se maravilla incluso de cosas pequeñas porque todo es nuevo para él. Para entrar en el Reino de los cielos es necesario dejarse maravillar. En nuestra relación con el Señor, en la oración —pregunto— ¿nos dejamos maravillar o pensamos que la oración es hablar a Dios como hacen los loros? No, es fiarse y abrir el corazón para dejarse maravillar. ¿Nos dejamos sorprender por Dios que es siempre el Dios de las sorpresas? Porque el encuentro con el Señor es siempre un encuentro vivo, no es un encuentro de museo. Es un encuentro vivo y nosotros vamos a la misa no a un museo. Vamos a un encuentro vivo con el Señor.

En el Evangelio se habla de un cierto Nicodemo (Juan 3, 1-21), un hombre anciano, una autoridad en Israel, que va donde Jesús para conocerlo; y el Señor nos habla de la necesidad de «renacer de lo alto» (cf v. 3). ¿Pero qué significa? ¿Se puede «renacer»? ¿Volver a tener el gusto, la alegría, la maravilla de la vida, es posible, también delante de tantas tragedias? Esta es una pregunta fundamental de nuestra fe y este es el deseo de todo verdadero creyente: el deseo de renacer, la alegría de recomenzar. ¿Nosotros tenemos este deseo? ¿Cada uno de nosotros quiere renacer siempre para encontrar al Señor? ¿Tenéis este deseo vosotros? De hecho se puede perder fácilmente porque, a causa de tantas actividades, de tantos proyectos que realizar, al final nos queda poco tiempo y perdemos de vista lo que es fundamental: nuestra vida del corazón, nuestra vida espiritual, nuestra vida que es encuentro con el Señor en la oración.

En verdad, el Señor nos sorprende mostrándonos que Él nos ama también en nuestras debilidades. «Jesucristo […] es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero (1 Juan 2, 2). Este don, fuente de verdadera consolación —pero el Señor nos perdona siempre— esto, consuela, es una verdadera consolación, es un don que se nos ha dado a través de la Eucaristía, ese banquete nupcial en el que el Esposo encuentra nuestra fragilidad. ¿Puedo decir que cuando hago la comunión en la misa, el Señor encuentra mi fragilidad? ¡Sí! ¡Podemos decirlo porque esto es verdad! El Señor encuentra nuestra fragilidad para llevarnos de nuevo a nuestra primera llamada: esa de ser imagen y semejanza de Dios. Este es el ambiente de la eucaristía, esto es la oración.

Miércoles, 17 Enero 2018 10:37

En el mes de octubre realizaron una pequeña réplica del EMLA en el departamento de La Paz, fue una experiencia muy bella y provechosa. Alrededor de 30 jóvenes participaron de esta gran actividad con gran dinamismo y entusiasmo.

Miércoles, 17 Enero 2018 09:56

Es una gran alegría formar parte de esta gran Asociación. Porque en ella que he podido aprender a amar, servir y a dar la vida por el prójimo. Así como a reconocer a Jesús en el rostro de los más pobres.

El 12 de noviembre vivimos una de las más grandes experiencias en JMV practicando la caridad, cuando hicimos una visita a la obra Dom Orione.

La obra Dom Orione es un centro de acogida de niños con necesidades especiales. Son niños que, debido a sus distintas discapacidades, fueron abandonados por los padres y rechazados por la sociedad. Esas discapacidades son físicas, psico-motoras, microcefalia, macrocefalia y retraso en el desarrollo. El centro acoge alrededor de 40 niños.

Llegamos a las 8h, arreglamos los dormitorios y bañamos a los niños. Después servimos el desayuno. No era un trabajo fácil darles de comer debido a su estado de salud, pero con el amor que llevábamos dentro fue una tarea más fácil y divertida.

Después del desayuno, llevamos a los niños a disfrutar en el parque, donde nos divertimos con ellos y, en un determinado momento, sentimos que ellos también estaban muy felices con nuestra presencia. Más tarde tuvimos la celebración de la Eucaristía donde compartimos con los niños, la palabra de Dios y un momento de acción de gracias por todas las maravillas realizadas. Terminada la celebración, una vez más, tuvimos la oportunidad de ayudarles en la comida, sirviéndoles con cariño y amor. Llegó el momento triste de nuestra actividad en aquel centro, al despedirnos de ellos. Una manera de despedirnos, llevándoles a sus habitaciones para el descanso, dado que ellos ya presentaban señales de cansancio. Adelante JMV.

Helio Dalton
Presidente Nacional JMV Mozambique

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Empezamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada hacia el «corazón» de la Iglesia, es decir la eucaristía. Es fundamental para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios.

No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la eucaristía; y cuántos, todavía hoy, arriesgan la vida para participar en la misa dominical. En el año 304, durante las persecuciones de Diocleciano, un grupo de cristianos, del norte de África, fueron sorprendidos mientras celebraban misa en una casa y fueron arrestados. El procónsul romano, en el interrogatorio, les preguntó por qué lo hicieron, sabiendo que estaba absolutamente prohibido. Y respondieron: «Sin el domingo no podemos vivir», que quería decir: si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría.

De hecho, Jesús dijo a sus discípulos: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Juan 6, 53-54).

Estos cristianos del norte de África fueron asesinados porque celebraban la eucaristía. Han dejado el testimonio de que se puede renunciar a la vida terrena por la eucaristía, porque esta nos da la vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué significa para cada uno de nosotros participar en el sacrificio de la misa y acercarnos a la mesa del Señor. ¿Estamos buscando esa fuente que «fluye agua viva» para la vida eterna, que hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la santa eucaristía, que significa «agradecimiento»: agradecimiento a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos atrae y nos transforma en su comunión de amor.

En las próximas catequesis quisiera dar respuesta a algunas preguntas importantes sobre la eucaristía y la misa, para redescubrir o descubrir, cómo a través de este misterio de la fe resplandece el amor de Dios.

El Concilio Vaticano II fue fuertemente animado por el deseo de conducir a los cristianos a comprender la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por este motivo era necesario sobre todo realizar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la Liturgia, porque la Iglesia continuamente vive de ella y se renueva gracias a ella. Un tema central que los Padres conciliares subrayaron es la formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera renovación. Y es precisamente éste también el objetivo de este ciclo de catequesis que hoy empezamos: crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha donado en la eucaristía. La eucaristía es un suceso maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo» (Homilía en la santa misa, Casa S. Marta, 10 de febrero de 2014). El Señor está ahí con nosotros, presente. Muchas veces nosotros vamos ahí, miramos las cosas, hablamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la eucaristía... y no celebramos cerca de Él. ¡Pero es el Señor! Si hoy viniera aquí el presidente de la República o alguna persona muy importante del mundo, seguro que todos estaríamos cerca de él, querríamos saludarlo. Pero pienso: cuando tú vas a misa, ¡ahí está el Señor! Y tú estás distraído. ¡Es el Señor! Debemos pensar en esto. «Padre, es que las misas son aburridas” —«pero ¿qué dices, el Señor es aburrido?» —«No, no, la misa no, los sacerdotes» —«Ah, que se conviertan los sacerdotes, ¡pero es el Señor quien está allí!». ¿Entendido? No lo olvidéis. «Participar en la misa es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Intentemos ahora plantearnos algunas preguntas sencillas. Por ejemplo, ¿por qué se hace la señal de la cruz y el acto penitencial al principio de la misa? Y aquí quisiera hacer un paréntesis. ¿Vosotros habéis visto cómo se hacen los niños la señal de la cruz? Tú no sabes qué hacen, si la señal de la cruz o un dibujo. Hacen así [hace un gesto confuso]. Es necesario enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Así empieza la misa, así empieza la vida, así empieza la jornada. Esto quiere decir que nosotros somos redimidos con la cruz del Señor. Mirad a los niños y enseñadles a hacer bien la señal de la cruz. Y estas lecturas, en la misa, ¿por qué están ahí? ¿Por qué se leen el domingo tres lecturas y los otros días dos? ¿Por qué están ahí, qué significa la lectura de la misa? ¿Por qué se leen y qué tiene que ver? O ¿por qué en un determinado momento el sacerdote que preside la celebración dice: «levantemos el corazón»? No dice: «¡Levantemos nuestro móviles para hacer una fotografía!». ¡No, es algo feo! Y os digo que a mí me da mucha pena cuando celebro aquí en la plaza o en la basílica y veo muchos teléfonos levantados, no solo de los fieles, también de algunos sacerdotes y también obispos. ¡Pero por favor! La misa no es un espectáculo: es ir a encontrar la pasión y la resurrección del Señor. Por esto el sacerdote dice: «levantemos el corazón». ¿Qué quiere decir esto? Recordadlo: nada de teléfonos.

Es muy importante volver a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial, a través de aquello que se toca y se ve en la celebración de los sacramentos. La pregunta del apóstol santo Tomas (cf Juan 20, 2 5), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el deseo de poder de alguna manera «tocar» a Dios para creerle. Lo que santo Tomás pide al Señor es lo que todos nosotros necesitamos: verlo, tocarlo para poder reconocer.

Los sacramentos satisfacen esta exigencia humana. Los sacramentos y la celebración eucarística de forma particular, son los signos del amor de Dios, los caminos privilegiados para encontrarnos con Él.

Así, a través de estas catequesis que hoy empezamos, quisiera redescubrir junto a vosotros la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez desvelada, da pleno sentido a la vida de cada uno. Que la Virgen nos acompañen en este nuevo tramo de camino. Gracias.

Papa Francisco

Viernes, 01 Diciembre 2017 11:14

En el presente año, en el que celebramos los 400 años del Carisma Vicentino, JMV Burundi está profundizando el tema en todos los grupos. Para cerrar este jubileo, 16 jóvenes de la Asociación realizaron las promesas y cuatro la Consagración Mariana por medio de JMV.

Viernes, 01 Diciembre 2017 10:00

Oigo la palabra colaboración muy a menudo estos días. La oigo en el trabajo, en la televisión y en el servicio. Las palabras "colaboración" y "cooperación" se utilizan a veces indistintamente, pero representan modos de contribución algo diferentes. Cooperar es trabajar juntos para hacer algo que no necesariamente es parte de sus creencias. Sin embargo, la colaboración tiene un objetivo común que se implanta profundamente en los que trabajan para lograrlo. Las ramas de la Familia Vicenciana comparten: la misma historia, realidades y aspiraciones, objetivos y metas.

Los signos de la colaboración aparecieron muy temprano con la primera fundación de la Familia Vicenciana. San Vicente de Paúl y Santa Luisa de Marillac encarnaron esta ideología en una amistad que resultó de gran importancia para la Iglesia y los pobres. Estas dos personas excepcionales con sus diferentes personalidades dieron un ejemplo significativo de humildad y sacrificio por el bien común. Vicente era un niño campesino, mientras que Luisa era una chica de ciudad. Uno podría pensar que personas tan diferentes en sus orígenes, experiencias, personalidades y modos de ser, nunca podrían colaborar y lograr un resultado exitoso. Su camino juntos les cambió a sí mismos, para bien de la Iglesia. Durante años, aprendieron a conocerse, estimarse y respetarse el uno al otro mientras trabajaban intensamente ayudando a los pobres en toda Francia y fuera de sus fronteras. De esta colaboración resultó la fundación de las Damas de la Caridad, Hijas de la Caridad, etc.; para ayudar a miles de personas de diferentes edades.

En el 2013, el Programa de Acción Colaborativa de la Familia Vicenciana (VFCAP) inició una reunión en París con representantes de las diferentes ramas de 20 países. Otras reuniones siguieron en diferentes idiomas y con otras ramas que se incorporaban. Las reuniones fueron muy fructíferas y los miembros que asistieron fueron las semillas de la colaboración entre las diferentes ramas en sus países. Cada miembro anotó un plan de acción que buscaba sensibilizar sobre la importancia de la colaboración entre las distintas ramas y cómo ponerlas en práctica. Los asesores de VFCAP visitaron varios países para ayudar a las nuevas oficinas de Familia Vicenciana en todo aquello que necesitaban. Actualmente, estos países, junto a otros muchos, han emprendido muchos proyectos exitosos y han identificado muchos "Vicentinos no afiliados" que viven con las virtudes Vicentinas en sus vidas cotidianas.

A medida que vivimos el Cuatrocientos aniversario del nacimiento del carisma Vicenciano, como miembros de JMV, estamos llamados a enriquecernos con las experiencias de los demás, y enriquecer a otros con las nuestras. Colaboremos para crear amistades, habilidades, actitudes y misiones en común con toda la Familia Vicenciana. Creamos en el poder del "nosotros", que es siempre más poderoso que un "yo". Nuestros recursos como familia son enormes si nos proponemos un objetivo común incluso teniendo diferentes enfoques para lograr este objetivo. Impliquémonos en la Iglesia en salida, es decir, al lado de los pobres y con los pobres.

"Deberíamos ayudar a los pobres en todos los sentidos y hacerlo por nosotros mismos y alentando la ayuda de los demás"

Andrew Wagdy
Consejero Internacional JMV

Miércoles, 29 Noviembre 2017 09:49

Del 02 al 04 de noviembre, cerca de 250 jóvenes delegados de las comunidades locales de JMV Ecuador, se reunieron en la ciudad de Guayaquil, para a una sola voz decir “Somos Vicentinos, herederos de un gran carisma”, en lo que fue el XXII Encuentro Nacional de la Asociación en el país.

Este encuentro fue marcado por una jornada intensa en la que, alrededor del tema “400 Años de amor y servicio en nuestra Casa Común” se motivó a los jóvenes a despertar en su conciencia la fidelidad en el carisma vicenciano, para ser testimonio del servicio afectivo y efectivo.

Formación, animación, y oración, fueron los medios usados para impulsar el protagonismo de los jóvenes en la búsqueda y refuerzo de espacios de evangelización y apostolado en sus localidades, pero con el recordatorio constante de nuestros orígenes, mirando el pasado con gratitud, el presente con pasión y abrazando el futuro con esperanza.

En el encuentro también se aprovechó para animar el espíritu misionero de los jóvenes, a través del compartir de la experiencia vivida por los representantes de nuestro país en el “VIII Encuentro Misionero Latinoamericano” llevado a cabo en Guatemala.

Durante un emotivo momento, JMV Ecuador despidió a su Asesora Nacional, Sor Noemí Miño, quien ha acompañado y animado el rumbo que la Asociación ha tomado en Ecuador. Así mismo, se dio la Bienvenida a Sor Cristina Herrera y Sor Angélica Almeida, quienes acompañarán en el futuro a los jóvenes en la Asesoría Nacional.

El 2018 JMV Ecuador, vivirá su Asamblea Nacional, donde un nuevo Consejo será electo, contamos con sus oraciones, con la finalidad de que durante este año, los jóvenes líderes consagrados de la asociación en el país, se entusiasmen por encabezar los procesos que se abrirán en lo que será el año venidero.

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